Por Dennys Mejía

El acto de caminar erguidos es un milagro biológico y marca un hito en la historia primitiva de nuestra especie. Staley Kubrick, el famoso director de cine lo ilustró muy bien en la escena de “2001, odisea del espacio” (ver video al final del artículo). Este hecho, en apariencia simple, esconde detalles muy importantes que fueron fundamentales para que nuestra especie se colocara sobre todas las demás en el ecosistema terrestre. Un cerebro más grande, caderas más fuertes y extremidades inferiores mejor adaptadas se sumaron para que hasta hoy, los humanos tengamos la capacidad de caminar erguidos y con “equilibrio”.

Poco a poco todos hemos ido perdiendo el equilibrio en nuestra existencia…

Y es que damos por hecho que el equilibrio es algo que tenemos garantizado en nuestras vidas, pero desafortunadamente esto no es cierto. La tecnología, los trabajos de oficina, el sedentarismo, la comida rápida, el estrés, etc, están logrando revertir en poco más de cien años lo que a la naturaleza le llevó miles, y así, poco a poco todos hemos ido perdiendo el equilibrio en nuestra existencia.

Mi trabajo es sedentario, paso más de 8 horas al día sentado frente a una computadora. Las tareas que realizo requieren de mi la mayor concentración, a menudo me sumerjo en los proyecto tan profundamente que pueden pasar largas jornadas sin que siquiera me levante un momento de la silla. Si sumamos a esto que luego del trabajo es necesario desestresar y salir un rato por unas cervezas a algún bar con los amigos el escenario se complica un poco más. Sin duda ese estilo de vida pasa factura.

A pesar de mis incontables esfuerzos por realizar alguna actividad física de manera constante y disciplinada, lo más que logré hacer fue bicicleta dos veces por semana (cuando fui muy aplicado). Así pues, mi barriga seguía creciendo. Hacía más de diez años que había practicado lima lama (karate) y como la ex que uno nunca olvida, la idea de volver a las artes marciales seguía rebotando en mi cabeza. Yo sabía que una vez me enganchara de nuevo era muy probable que no lo volvería a soltar.

Debo admitir que no fue como un amor a primera vista, lo que pensé fue: “voy a venir más días para entender bien esto”.

Vivo al final de la avenida Hincapié y en mi ruta de vuelta casa siempre paso frente a Rilion Gracie Academy, durante varias semanas pensé en hacer una parada y ver el método con el que enseñaban jiujitsu. Un día antes de salir de la oficina llamé al lugar y pedí que me reservaran un espacio para hacer una clase de prueba. Cuando llegué me dieron un “Gi” , lo que yo llamaría kimono en karate. Hice mi clase de prueba y de entrada me pareció interesante. Debo admitir que no fue como un amor a primera vista, lo que pensé fue: “voy a venir más días para entender bien esto”.

La primera semana me di cuenta de inmediato que poseía la gracia y fluidez que posee un pingüino bailando ballet cada vez que realizaba algún movimiento. Mi torpeza sumada a mi dislexia agregaban peso a la mochila mental que ya llevaba a cuestas. Entender la secuencia de movimientos para lograr un “arm bar”, un “triángulo”, o para “jalar guardia” se me dificultó mucho durante el primer mes. Un día Winson Monteiro, el profesor de la academia, nos contó con su característico portuñol fluído, que cuando era cinta blanca muchas veces volvió frustrado a su casa luego de entrenar, ya que no lograba realizar los movimientos de manera adecuada. Esa historia tuvo mucha influencia en mi actitud en el tatami, dejé de acelerarme (aún lo hago aveces) por querer aprender rápido para dar paso a la paciencia y a entender el por qué de cada movimiento. Comprendí que como los homínidos primitivos, primero debía desarrollar un cerebro, para luego fortalecer mis piernas y cadera y para en algún momento, evolucionar y adquirir equilibrio.

Hoy puedo decir con toda certeza que esa frase que me dije el primer día tiene más sentido de lo que imaginaba: “voy a venir más días para entender bien esto”

Cuatro meses después el equilibrio ha empezado a regresar a mi vida, no solo físicamente al entrenar, sino que también en mis actividades diarias. Gracias al jiujitsu sustituí muchas de las salidas bares y a beber por una clase de una hora en la academia, y como un efecto dominó, esa pequeña modificación en mi horario diario ha traído beneficios mentales, emocionales y físicos. Además, en la academia he conocido personas de orígenes muy diversos, pero unidas por un sentido de compañerismo y amistad que es difícil de encontrar en otros espacios. No se si se deba al respeto que un cinta blanca le tiene a un cinta de mayor grado, o a la benevolencia y sentido de compartir conocimiento que un cinta avanzado siente por los principiantes como yo. Como sea, todo sumado en mi caso particular ha traído solamente cosas positivas.

Hoy puedo decir con toda certeza que esa frase que me dije el primer día tiene más sentido de lo que imaginaba: “voy a venir más días para entender bien esto”. Hoy soy consciente que apenas estoy empezando de nuevo a tener equilibrio y con humildad admito que lo único que he leído hasta ahora es la primera línea del prólogo de este enorme libro llamado jiujitsu, y como una buena obra literaria, desde ya me ha enganchado y espero algún día terminarlo de leer.